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¿ALGUNA VEZ HAS LLORADO ESCUCHANDO UNA CANCION?
 


¿O sonreído tal vez? Si es así puedes estar seguro de que no es debido a la lógica que conlleva sino, más bien, a la emoción que te transmitió lo que escuchaste. Es algo incompresible, carente de razón. La música, como lenguaje universal que es, llega donde no lo hacen las palabras. Como decía el escritor alemán E.T. Hoffmann, la música empieza donde acaba el lenguaje. Y he ahí su utilidad, su valor añadido y transformador.

Una canción es como una poción mágica encerrada dentro de un pequeño tarro de cristal. Al igual que sucede con las pociones mágicas, a una canción podemos pedirle que nos lleve al estado de ánimo deseado y ésta, como si del genio de lámpara se tratara, nos concederá el deseo al minuto. Sólo tenemos que elegirla correctamente.

Por tanto, si estamos eufóricos no deberíamos escuchar Nocturnos de Chopin o baladas de Van Morrison; por otra parte, si estamos recogidos, nostálgicos, o recordando aquel viaje tan romántico con nuestra pareja, los Iron Maiden sólo restarán magia al momento.

Imaginemos por un momento a un grupo teenager en un coche dirigiéndose a toda velocidad a la discoteca. Van escuchando hard rock o lo último de las pistas de baile. De repente la frecuencia cambia y empieza a sonar un tema íntimo y delicado de, digamos, James Taylor. Todos podemos imaginar qué sensación experimentaran. Seguramente, el grupo al unísono pedirá que se cambie de canción inmediatamente. Esto ocurre porque en el fondo saben que la canción es mas fuerte que ellos y acabará llevándolos a su terreno. Como ese no es el estado deseable en esos momentos los jóvenes se rebelarán, gritaran y patalearan antes de seguir escuchando eso de

  When you're down and troubled and you need a helping hand and nothing, oh, nothing is going right
 
 

Los estados de animo, en este caso los de la persona junto a los de la canción, deberían estar alineados. Si no es así se dará una lucha de poder. No sabremos si los chicos acabaron tristes, por lo que venció la canción, o por el contrario terminaron riéndose más a causa de tan extraña y absurda intromisión.

Sea como sea lo que sí es cierto es que las canciones nos transforman. Siglos atrás ya se usaba la música para alterar los estados de ánimo. Fuera para la guerra, fuera para inducir el sueño el hombre ha sabido manejar perfectamente las emociones gracias a la música. Los deportistas lo siguen haciendo para conseguir sus objetivos. El corredor de ultra maratones Kilian Jornet cuenta en su libro Correr o Morir que una de sus técnicas más utilizadas para acabar las interminables carreras es justamente la música. Siempre sale a correr con su iPod donde lleva listas concretas con canciones seleccionadas por él mismo. Según como se sienta corriendo escucha una u otra. Eso le llena de motivación y le carga las pilas, según declara.

No es el único deportista que utiliza la música para motivarse. Hace poco todo el mundo se hizo eco de la manera de motivar que tenía el entrenador del Barcelona Pep Guardiola a sus jugadores. Justo antes de la final de un gran campeonato utilizó un video con música de la película Gladiator y de Coldplay. El Barça ganó, pero nunca sabremos si fue o no por ese vídeo.

La musica empieza donde acaba el lenguaje. ET Hoffmann

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la musica

  Pero al igual que podemos alterar nuestras emociones, y por tanto nuestra conducta, podemos producirlo sobre los demás. Y si no salgamos a la calle y escuchemos. Ahí fuera todo es música. Música en los ascensores, en el supermercado, en los coches, en los campos de fútbol, en los bares...
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Hay ejemplos menos éticos, como su uso en tiendas de ropa y supermercados para que se consuma más, y mucho más constructivos, como cuando la música se convierte en fuente de sanación. La llamada musicoterapia es la disciplina que se ocupa de ello. Los sonidos curan, dicen, e incluso existen listas de obras musicales recomendadas para el tratamiento y la mejora de una enfermedad concreta. Quizá, sin saberlo, todos lo hemos experimentado alguna vez. Hemos estado tristes y melancólicos y una buena canción nos ha devuelto la energía que nos faltaba. Eso, en esencia, es musicoterapia.

Al igual que andar con la cabeza alta cuando estamos tristes nos devuelve la alegría, escuchar una canción alegre, con cierta energía y que se encuentre entre nuestras preferidas, puede hacer que pasemos de la tristeza a la alegría en cuestión de un minuto. Cuentan que el propio John Lennon metido en plena crisis de finales de los 70 escuchó la alegre y movida canción de Queen titulada Crazy Little thing called love y eso le hizo volver a componer. Otro ejemplo más de cómo una simple canción puede hacernos pasar de un sentimiento a otro de una manera instantánea.

Pero no solo el escuchar es transformador; tocar un instrumento parece que también lo es. Ensayar con la percusión favorece el ritmo, con el piano la posición de la espalda y con la trompeta la respiración. Pero lo más sorprendente de todo es lo que sucede a nivel neuronal. Ni tocar ni escuchar música hará que tengamos nuevas neuronas (de hecho nada lo hace) pero sí conseguirá que creemos más y mejores conexiones entre las que disponemos, y eso es lo más importante. La música, no lo olvidemos, es matemática, y viceversa. Practicar con un instrumento desarrolla partes de nuestro cerebro y lo hace, digamos, más listo. Por eso todo el mundo debería saber tocar un instrumento.

En definitiva, la música es un lenguaje que va más allá de las palabras y por tanto conlleva un valor añadido que, si sabemos gestionarlo, podemos comunicarnos mejor con nuestras emociones. Al hacerlo, estamos más cerca de sentirnos mucho mejor.

Escuchen música. Y si pueden, tóquenla también. Sus emociones le recompensarán.

Texto: Guzmán López

 

EN OCASIONES LA MUSICA ES FUENTE DE SANACION
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